Manuel Guerra nos entrega su segunda
novela bajo el título de La copa de
la muerte, publicada con acierto por Editorial Summa. Hace tres años,
en 2013, publicó Trasiegos por
Editorial Horizonte, obra sobre la cual su distinguido presentador, el hace
poco fallecido Oswaldo Reynoso, expresó sin remilgos: “Es una prosa bien
cuidada, muy bien trabajada. No he encontrado en toda la lectura del libro
ningún gazapo, ninguna incorrección; al contrario, hay un manejo, no digamos
académico de la lengua (porque entonces estaríamos en presencia de un informe),
sino hay un trabajo estético de la forma (…) Alguien ha dicho que una novela es
un conjunto de detalles, y esta novela es un conjunto de detalles, de historias
que se anuncian, se revelan luego, y algunas se pierden; pero el autor tiene la
suficiente capacidad de guiarnos en este laberinto.”
Esta cita del maestro Reynoso me podría
inhibir de analizar la novela de este talentoso escritor cajamarquino que hoy
día celebramos con una presentación hecha en el lugar indicado, un centro
popular de la cultura. Pero es necesario acotar que Guerra ha manejado la
estructura de su obra de tal manera que nos conduce por caminos intrincados en
lo que vendríamos a catalogar como una novela negra, al estilo de los
norteamericanos Dashiel Hammet y su detective Sam Spade –tan bien interpretado
por el inolvidable Humprey Bogart en el cine—y Raymond Chandler con su
investigador privado Philip Marlowe –en el cine el mismo Bogart o Robert
Mitchum—, ambos innovadores del viejo género policial creando personajes
derrotados y en decadencia en busca de la verdad o de algún atisbo de ella. El
Nombre surgió de la revista estadounidense Black Mask y de la serie Noire de la editorial francesa Gallimard.
La copa de la muerte posee los
ingredientes de una atmósfera asfixiante de miedo, violencia, injusticia,
inseguridad y corrupción del poder político como para insertarla dentro del
género de novela negra. El personaje principal es Santiago Mayta, un hombre
cuarentón que retorna a su tierra, Cajamarca, al parecer sin ningún fin
específico, llevado por su espíritu vagabundo. Retorna hecho casi un turista
con su inseparable máquina fotográfica dándose con la sorpresa de que en su
ciudad natal se ha de realizar un multitudinario Congreso Evangélico y con el
recuerdo de un santón muerto por fusilamiento el 11 de setiembre de 1970, un
humilde campesino llamado Udilberto, motejado como El monstruo de los
Andes por el periodismo, y cómo después de su muerte surge la duda popular
acerca de si ese hombre no habría sido inocente, naciendo un culto a sus restos
y peregrinaciones a su tumba, de la que no se libró Mayta al asistir al lado de
su inseparable compañero de colegio, el Negro Chicho, a instancias de este,
para que el santón intercediera por ellos para salvar el año escolar.
Es con el Negro Chicho con quien habrá de
encontrarse Mayta, convertido este último en un evangelista acérrimo portando
una inseparable biblia y tratando de convertir a su antiguo amigo, pues ambos
de muchachos habían asistido a casa de un pastor que trataba de llevar las
ovejas descarriadas a su redil. Los dos desertaron desde muy temprano y el
Negro se convirtió en un forajido y empedernido bohemio.
A partir de ese encuentro fortuito que
sorprendió a Mayta, se produce un acontecimiento inusitado: la madrugada
siguiente al día en que se despidieron los amigos es asesinado el Negro,
integrante de una familia que lo repudia y cuya hermana, Clemencia, inicia al protagonista
en las lides del amor y el sexo. El Negro muere a las puertas de un bar ubicado
al lado del cementerio, llamado “Aquí se está mejor que en el frente”, víctima
de una artera puñalada. Para colmo, Mayta, quien ha dormido profundamente, se
da que a eso de las dos de la madrugada había recibido una llamada telefónica
de su amigo asesinado, la cual no llegó a responder por obvias razones. Para
colmo del misterio, el arma del delito aparecerá enterrada en las jardineras
del altarcillo erigido a Udilberto, envuelto en un fino pañuelo que lleva
bordada una flor de capulí.
Es entonces que Santiago se propone
descubrir las causas de tan inesperado asesinato y empieza indagar por doquier
tratando de encontrar las huellas de los homicidas. Aquí se muestra el trabajo
del novelista quien nos va trasladando por diversos senderos de la intriga,
manejando el suspenso con maestría.
El mundillo del narcotráfico pervertido,
la policía y la justicia coludidos con los mentores de ese mundillo; los viejos
amigos hundidos en una eterna bohemia, aunque dispuestos a darle una mano; la
competencia entre evangelistas y los reunidos en la Misión Israelita del Nuevo
Pacto Universal, que no tenían un pastor para conducir a las ovejas, sino su
propio dios: Ezequiel Ataucusi, y llegaron a formar su propio partido político,
el FREPAP; los ronderos cajamarquinos, verdaderos cumplidores de impartir la
justicia que policías, fiscales y jueces se niegan a cumplir, forman parte de
esta trama policial llena de sorpresas, además de dos perspicaces periodistas
radiales, piezas clave en la aclaración del misterioso crimen Como en toda
buena novela que se precie de tal, guerra la convierte en una denuncia social
sin hacerla perder su calidad estética.
Tan es así que el protagonista es un melómano
que para inspirarse se la pasa escuchando música culta, en especial la Quinta Sinfonía de Beethoven o su Claro de Luna, así como es capaz de
pedir en el bar de sus amigos valses, rancheras y boleros populares. Toma café
pero también se liba sus buenos tragos, incluyendo el famoso cañazo
cajamarquino. Demuestra erudición literaria al por mayor y se manifiesta como
un lector empedernido. Características invalorables para armar la personalidad
de un detective aficionado.
De esta manera Manuel Guerra se suma a
otros autores peruanos que han cultivado la novela negra, como el mismo Mario
Vargas Llosa con ¿Quién mató a
Palomino Molero? (1986), o Mirko Lauer y su Pólvora para gallinazos (1985) y Carlos Calderón Fajardo
con La conciencia del límite último (1990).
Para no seguir con una más larga enumeración, mencionaremos a los cronistas
Luis Jochamowist y su El descuartizador
del Hotel Comercio y otras crónicas policiales (1995), así como a
Jorge Salazar y La ópera de los
fantasmas (1980) con La
medianoche del japonés (1992).
Como vemos, es en la década de los ’80 del
siglo pasado cuando en el Perú se empieza a escribir novelas negras, aunque a
nuestro parecer La copa de la muerte se
acerca más a Kympler de
Miguel Gutiérrez por su fuerte connotación política y puesta en evidencia de
las lacras sociales reinantes en el país en estos corruptos tiempos que no está
tocando sobrevivir.
Una copa amarga que hay que degustar: Novela negra Cajamarquina
Reviewed by ContraPoder
on
9:00:00
Rating:
Reviewed by ContraPoder
on
9:00:00
Rating:



No hay comentarios: